A Jesús Ortiz, padre de Jessica Elena Ortiz, de 31 años, le molestaba que saliera muy tarde de su oficina, ubicada en el Centro Empresarial Los Ruices.
De hecho, cuando lo hacía, siempre le reclamaba porque debía tener más precaución debido al clima de inseguridad que se vive en Caracas.
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El lunes en la tarde, Jessica salió de su trabajo a las 6 y media. Minutos después, cuando iba en su vehículo Dodge Caliber color arena, placas AB5-76GB, fue interceptada por un grupo de sujetos que la sometió y se la llevó secuestrada.
A su familia le pareció extraño que a las 8 y media de la noche no había llegado. Comenzaron a llamarla y no contestaba el teléfono.
“Me pareció inusual que ella no contestara y ahí empecé a pensar mal. Algo había pasado”, dijo el padre.
La insistencia de la familia fue tal que a las 10 y media de la noche, desde el celular de Jessica, (los captores) enviaron un mensaje de PIN a una de las hermanas indicando: “No te preocupes que ya voy para la casa”.
Pese al mensaje, los parientes no se tranquilizaron y comenzaron a hacer contacto con amigos, con el novio y demás conocidos de Jessica. Ninguno de ellos dijo haberla visto.
Para esa hora ya existía una red de búsqueda. Fue a la 1:14 minutos de la madrugada del martes cuando una amiga llamó al celular de Jessica y uno de los secuestradores atendió y le dijo que la tenían en su poder, pero que para liberarla tenían que pagar una alta suma de dinero, a las 7 de la mañana.
La orden de ellos fue que la amiga hiciera contacto con los familiares para que concretaran el pago, sin que hubiese ningún contacto con la policía.
“Desde ese momento nadie durmió. Pedimos asesoría de expertos para que nos indicaran cómo actuar. Todo fue muy fuerte”, relató el padre.
A las 7 y quince minutos de la mañana sonó el teléfono y uno de los secuestradores preguntó si tenían el dinero.
“Era muy temprano y no contaba con esa suma que pedían. Conversé con él y comenzamos a negociar hasta que bajamos la cantidad. Cuando llegamos a un acuerdo, le pedí que me dejara ir a los bancos”, contó.
A las 9 de la mañana el padre de Jessica ya estaba en su residencia con el efectivo. Lo colocó en un bolso y esperó a que lo llamaran.
Minutos después el maleante se comunicó con él y le dijo que abordara uno de los vehículos y saliera, pues en el camino le indicaría el sitio donde iba a dejar el dinero.
“Me tenían vigilado cerca de mi casa, porque me exigió que fuera en uno de los carros. Lo describió exactamente y cuando salí de la casa, me siguió un taxi blanco”, describió.
En todo el camino siempre mantuvo contacto telefónico con los plagiarios. Incluso le dijeron que condujera hacia Petare para realizar el pago.
“Me negué a ir hasta esa zona por el fuerte tráfico. Logré convencerlos para que el pago se hiciera en Bello Monte. Ellos aceptaron y seguimos en contacto”, relató.
Cuando el hombre circulaba frente a Ciudad Banesco, los maleantes le ordenaron que se detuviera de repente.
“Me tuve que frenar. Paré el tráfico porque debía dejar el bolso en un pote de basura. El carro se quedó con la puerta abierta y la gente me tocaba cornetas”, señaló.
De inmediato, los sujetos le dijeron que se fuera y esperara una hora, que iban a liberar a Jessica. Pasaron más de cinco horas y no fue así, por lo que acudió al Cicpc a denunciar y allí colaboraron en todo.
Le dijeron que las llamadas se habían hecho desde el Tuy y teléfonos públicos de Bello Monte. Sin embargo, el cadáver de Jessica había sido hallado a las 6 de la mañana de ese día en un matorral de Santa Teresa del Tuy. Presentó varias puñaladas. “Intenté salvar a mi hija pero la mataron”, resaltó.
La joven era gerente general de las empresas familiares, dedicadas a viajes y turismo.
Era prima de las hijas de José Alberto Totesaut, quienes llegaron del exterior ayer.
* DEIVIS RAMÍREZ MIRANDA / EL UNIVERSAL /jueves 19 de abril de 2012


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