Con las recompensas es probable que se formen buenos soplones, pero dudo de que se formen buenos ciudadanos.
¿Qué debo responderles a quienes me preguntan si está bien que el Gobierno ofrezca recompensas a los ciudadanos a cambio de información que conduzca al paradero de criminales y “terroristas”? ¿Qué debo decirles si ya saben que los informantes de las fuerzas de seguridad del Estado, nunca con rostro ni nombre, señalan y denuncian a ciudadanos con rostro y nombres?
¿A qué conclusión llegarán quienes saben que los “criminales” detenidos y “judicializados” hace meses fueron liberados porque no se encontraron pruebas que comprometieran a estos ciudadanos en delitos “de rebelión” o apoyo a “organizaciones terroristas”?
¿Reduce esto la eficacia del método? No la reduce. El método está concebido para el acierto, no para el error, aunque el error sea la justificación de posteriores actos criminales.
Una ética que no atendiera a las miserias del pragmatismo -delirante en medio de las guerras- enseñaría que no está bien que ningún gobierno o Estado paguen por esta clase de información, pues, al pagar, corrompen a sus ciudadanos y corrompen las instituciones del Estado. En este extremo, ya no se tendrán tratos preferenciales y transparentes con ciudadanos responsables, sino con clientes interesados en subcontratar “justicia” con el Estado.
Esto es lo que respondo a quien me lo pregunta, precisando lo siguiente: si las fuerzas armadas y de seguridad del Estado libran una guerra con fuerzas criminales y grupos al margen de la ley, lo último que puede servirles al Estado y a la democracia que dice representar es la formación de ciudadanos que dicen “la verdad” si existe recompensa. A veces, ni siquiera dicen la verdad: la mentira es la prolongación táctica de la bala que no pudo dar en un blanco estratégico.
Es probable que de esta manera se formen buenos soplones.
Dudo de que se formen buenos ciudadanos. Corrijo: de esa manera y con semejantes estímulos no se forman ni siquiera buenos soplones, sino comerciantes de las “verdades” que interesan a los ejércitos en guerra.
Así que, una vez introducida y aceptada oficialmente la práctica de recompensar a “testigos” anónimos que, en muchos casos, se han servido textualmente del mismo testimonio para acusar a personas diferentes; una vez aceptada una norma que degrada los conceptos de verdad, responsabilidad y justicia, cualquier cosa puede suceder. Por ejemplo, que el criminal que era antes perseguido se convierta de la noche a la mañana en héroe público porque asesinó a otro criminal y entregó macabras pruebas de la atrocidad.
A partir de este momento, ya no será posible hablar de justicia, ni siquiera de ciudadanos, ni siquiera de la verdad. Aquí se está metiendo en un mismo código de ética gubernamental a quien, mediante falsos testimonios pagados, condena a la cárcel o a la muerte a un inocente, y a quien ejecuta a su jefe y le cercena una mano como prueba del acto que va a ser recompensado.
¿Por “miedo insuperable”? ¡No, por 5 mil millones de pesos!
¿Qué pensamos hoy de las recompensas que Pablo Escobar ofrecía por el asesinato de sus mayores enemigos, agentes de policía de la ciudad de Medellín? ¿Qué piensan de los millones que recibían los asesinos de jueces, políticos honestos y periodistas? Se me dirá que la recompensa era el medio adoptado por un criminal para estimular a quienes lo acompañaran en la eliminación física de quienes se oponían a su empresa criminal. Pero el carácter aberrante y despreciable de un medio no se pierde cuando se practica desde la legitimidad del Estado. Lo único que consigue es volver aberrantes y despreciables los medios adoptados por el Estado
* El Tiempo (26 marzo 2008)
**************************************
**************************************
